Cartas de nadie

Aún duermes. Reposas la cabeza en la almohada, ajeno a los ruidos de los vecinos, de la calle, ajeno a todo lo que provenga del exterior. Ajeno a mis ojos adormecidos, que sólo se mantienen semi-abiertos, impulsados por mirarte. Te brilla la tez. Cómo podría negarme a contemplar eso. La insistencia de la luz hace que no exista resistencia. Ella se filtra por los orificios de la ventana, y tu piel adopta todos los matices.
Aún no es de día, y eso hace posible que pueda contemplar el espectáculo cromático que en tu piel se exhibe. Yo tampoco me resisto y acerco las yemas de mis dedos a tu tacto. Creo que cuando lo hago, desvirtúo por momentos todas las demás texturas.Y en mis yemas nace un deseo que viaja veloz, a través de mis nervios, recorriendo hasta el último centímetro de mi dermis.
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Ayer bebiste de más. Bebí de más. Y todos mis esquemas hicieron ruido al romperse. Tú tenías miedo de lo mismo que yo, decías. De mi, decías. Yo añadía a la lista, todos mis errores, dualidades, y dos noches sin dormir. Tú me reprochabas dos noches, pero no las mismas. Yo te miraba los hoyuelos, esos que dudo que nadie se haya fijado en como se te forman al sonreír, ni mucho menos al reír a carcajadas. Tú me buscabas los labios. Esos que siempre te debo, y aún dudo de si dejaré de hacerlo algún día.
Tú me mirabas, y sólo hacía falta eso para desplegar todos mis principios y quebrarlos sin piedad. Yo no te rehuía, y me preguntaba por tus arrepentimientos.
Tú me hablabas de recuerdos, aquellas únicas cosas cuya aroma después de muertos, es dulce, me decías.  Yo me preguntaba por dónde quedaba todo aquello, y todo lo que construimos. En qué momento y en qué lugar se había desplomado íntegro. Qué tan mal lo hicimos, para que no nos dejara ni contemplar las ruinas.
Tú me hablabas de todo lo que nos quedaría siempre por hacer, por visitar o por ver. O por no ver. Del viaje que jamás haríamos, y que jamás olvidaríamos porqué siempre quedaría pendiente. De las conversaciones después de cinco cervezas y seis de la mañana, que ya no nos harían descubrirnos de nuevo, cómo tantas otras veces. Me hablabas de aquellas nuevas parejas que algún día pasarían a limpio la biografía de ambos.
Pero eran las cinco de la madrugada un viernes de noche opaca.
Tú me buscabas. Yo no te encontraba. Nos perdimos por el camino. Y acabamos despertándonos, después de recorrer el mismo desvío, que separa nuestras vidas cada vez.