Claudia y sus matices

Claudia y Luis se querían por días. Durante la semana estaban demasiado ocupados en sus vidas insípidas con obligaciones insípidas. Y durante el fin de semana, se intentaban amar por todas esas horas que vivían de amor reciclado.

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Un día ella le hizo daño. Entonces le pidió a él que lo olvidara todo. Y él empezó olvidando todos sus errores, su manera de no saber amar, su puzle de obstáculos. Borró noches rotas, detalles lacerantes, y trayectos en coche llenos de silencios vacíos. También se marcharon por la puerta las mentiras. Las piadosas y también las hipócritas. Se olvidó de los golpes de ignorancia que ella le concedía constantemente, y ahuyentó también sus palabras cada día más vacías.

Pero ella le había pedido que lo olvidara todo. Así que Luis borró también sus caricias. Su tacto, y aquél habitáculo en la calle Verdi donde entre sábanas se refugiaban de las cáscaras vacías de sus quehaceres sin sentido. Donde huían de la recurrente absurdidad de su existencia. También se olvidó de todos los besos, y aquellos puntos de su cuerpo donde se evaporaban sin siquiera alcanzar la presión de vapor. Desaparecieron los bares, los viajes, el son de los poemas que se recitaban, creyendo que el mundo siempre podría ser un lugar amable mientras quedaran poemas así.

Y así fue como Luis, intentando perder lo malo de Claudia, acabó perdiéndola toda. Porqué ella estaba hecha de matices. De matices dulces y de matices dolorosos. Y así fue también como él acabó dándose cuenta que nunca podría deshacerse de su peor parte, y que siguiera siendo ella.