Ansia desmedida

Mudarte a una nueva ciudad no es fácil. 


Yo me mudé porque quería convertirme en investigadora. Y al hacerlo he abandonado casi todo lo que me pertenecía antes y he perdido a una persona importante, cuya pérdida me duele en todas las partes del cuerpo. A veces lo echo tanto de menos, que se me hace un nudo en la garganta que nunca sé resolver.

Otras echo de menos a mi compañero de piso, que tenía un radar que se encendía cuando me dolía el alma, me preparaba risotto cuando mi jefe me había gritado, o me regalaba poesía cuando había tenido un día de mierda y me traía helados gigantescos cuando mi beca de investigación no llegaba y toda mi vida se tambaleaba. 
Trabajaba de noche y aún así me pedía que le despertara a las siete, solo para desayunar conmigo. 
Lo hizo cada día que viví con él.
Y ahora que ya no compartimos la mediocridad de la rutina, me doy cuenta de cuánto lo necesitaba.

Al igual que necesito a mi hermana para seguir existiendo.

No es extraño preguntarse en cada acto, si se escoge el camino correcto. 
No es extraño que nos duelan las pérdidas. 
Pero es que la vida no va de nada más que de tomar decisiones que vibran en tu pecho y una vez tomadas… defenderlas.

Y yo me he dado cuenta

que llegar hasta aquí me ha costado un ansia desmedida

que en investigar está parte de mi felicidad

y que ahora mismo no podría estar en otro lugar, por nada ni nadie en el mundo🧡

De repente

Solíamos preguntarnos
qué sería de nosotros 
cuando no quedara pasión.


Teníamos una ansia desmedida por averiguar si soportaríamos el peso de la rutina. 


Pero también puedo hablar de qué era mirarle y sentirse desarmado.
Como me erizaban la piel sus principios. 
Y cuando apoyaba su espalda en mi pecho, yo podía sentir como temblaba por miedo a perderme. 


Me miraba de una forma,
que al hacerlo,
me dejaba sin nada
y yo tan imbécil
me creía
que podía vivir siempre así
sólo
con el vaivén de su mirada. 


Sus manos 
eran tan perfectas cuando tocaban
que el resto de manos
todas
son para mí un insulto. 


Juro
que un día pude concentrar toda la felicidad del mundo
en mi puta cara
por culpa de esas manos. 


Y de repente todo estalló. 


La rutina nos reventó. 
Empezamos cenar mudos en los restaurantes. 
Nos tocábamos, soñando con las manos de otros. 


Debo decir
que dejé de quererle de repente. 
Porqué es que yo no sabía amarle a medias
que ya era su forma de acariciarme. 


Todo se volvió gris y previsible. 


Y así, silenciosamente nos acabamos por completo. 


Y es que el amor es eterno.

Mientras dura.