De repente

Solíamos preguntarnos
qué sería de nosotros 
cuando no quedara pasión.


Teníamos una ansia desmedida por averiguar si soportaríamos el peso de la rutina. 


Pero también puedo hablar de qué era mirarle y sentirse desarmado.
Como me erizaban la piel sus principios. 
Y cuando apoyaba su espalda en mi pecho, yo podía sentir como temblaba por miedo a perderme. 


Me miraba de una forma,
que al hacerlo,
me dejaba sin nada
y yo tan imbécil
me creía
que podía vivir siempre así
sólo
con el vaivén de su mirada. 


Sus manos 
eran tan perfectas cuando tocaban
que el resto de manos
todas
son para mí un insulto. 


Juro
que un día pude concentrar toda la felicidad del mundo
en mi puta cara
por culpa de esas manos. 


Y de repente todo estalló. 


La rutina nos reventó. 
Empezamos cenar mudos en los restaurantes. 
Nos tocábamos, soñando con las manos de otros. 


Debo decir
que dejé de quererle de repente. 
Porqué es que yo no sabía amarle a medias
que ya era su forma de acariciarme. 


Todo se volvió gris y previsible. 


Y así, silenciosamente nos acabamos por completo. 


Y es que el amor es eterno.

Mientras dura.

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